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2740. Martes, 6 octubre, 2015

 
Capítulo Dosmilésimo septingentésimo cuadragésimo: “El dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro”. (Concepción Arenal, 1820 – 1893; escritora española).

Afeitarse es un rito. Te embadurnas la cara con mucha espuma, esperas un rato y empiezas a pasar la cuchilla despacio, intentando no cortarte, algo técnicamente imposible ya que por mucho empeño que le pongas al asunto acabas como si eduardomanostijeras te hubiera dado un guantazo. Menos mal que siempre está el papeldeculo a mano, todo un invento, un papel diseñado para limpiarte el hojaldre despuésde tiene cienes de usos más, entre ellos coger diminutos cuadraditos del mismo y pegártelos por toda la cara usando como pegamento la misma sangre.

Así acaba la primera fase, con la piel llena de tajos, sangrando y con trozos de papel del culo pegados por toda la cara. Pero falta lo peor. Para calmar la irritación -en este punto la más mínima brisilla te hace flipar de lo que escuece- hay que echarse un líquido fabricado por algún cabrón sádico, de nombre aftershave, (nombre en inglés para que suene menos chungo)  y del que si te dicen que está hecho de ácido clorhídrico te lo crees. Ahí estás, con toda la cara colorada del roce de la cuchilla, con la piel en carne viva, coges el bote, te echas un poco en las manos, te quedas mirando unos segundos notando que ya en las manos te pica, pero te lanzas; y sin pensarlo más te lo pones en la cara rabiando del escozor, ¿Y qué haces para intentar solucionarlo? Te empiezas a dar minipalizas de minihostias. Para evitar un dolor te provocas otro más fuerte, como si para no notar la sífilis vas y te contagias una gonorrea. Somos así de idiotas.