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2804. Martes, 19 enero, 2016

 
Capítulo Dosmilésimo octingentésimo cuarto: "Los diplomáticos son personas a las que no les gusta decir lo que piensan. A los políticos no les gusta pensar lo que dicen”. (Peter Ustinov, 1921-2004; actor británico).

Pocos placeres resultan tan agradables como despertarse con hambre en mitad de la noche, llegar medio dormido y a trompicones a la cocina, y comer lo primero que pilles.

También es verdad que cualquiera entiende los evidentes riesgos que puede tener el realizar una acción semejante: los servicios de urgencia de los hospitales pueden dar buen detalle de alguna que otra faringe abrasada en mitad de la noche por confundir la botella de agua con una de lejía a la que su dueño, medio dormido,  había intentado darle un buen lingotazo para ver si pasaban las colillas del cenicero que acababa de meterse en la boca pensando que eran almendras tostadas y saladas; (el pobre señor las pasó canutas, pero -ahora que no nos oye nadie- lo que nos pudimos reír después…)

Y sí, en todos los servicios de urgencias existe un rincón en el que se guardan algunos de esos elementos sacados de orificios naturales cuya función fisiológica primaria (solo primaria) está organizada para trabajar en una sola dirección. Rincón que, aunque se vacía con cierta frecuencia, casi siempre está al borde del colapso. A la gente le gusta experimentar más de lo que nos pensamos. Y hacen bien.