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2837. Viernes, 4 marzo, 2016

 
Capítulo Dosmilésimo octingentésimo trigésimo séptimo: “Gana todo lo que puedas. Ahorra todo lo que puedas. Da todo lo que puedas”. (John Wesley, 1703-1791; clérigo anglicano).

Se encuentran, se miran y entonces él le ofrece una apetitosa exquisitez que ella no se resiste a zamparse. A partir de ahí todo va rodado, ella se pone más contenta que si hubiera descubierto el armario de los fármacos y, eufórica por el efecto de la golosina, engulle también una bola de esperma (espermatóforo) que le ofrece el enamorado aprovechando el momento. Y ahí se acaba la historia.

Drogar a la pareja para que sea la madre de sus hijos no es un método tan raro en muchos animales. Entre ellos el grillo rayado (Gryllodes sigillatus). Ellas pican sin problema, aunque como no son tontas se dejan seducir por los machos más grandes ya que cuanto más lo sean, más pesado es el regalo y, por tanto, más cantidad de espermatozoides tienen oportunidad de fecundarla. Lo que no se si sabrán las grillas es que el regalito en cuestión está compuesto por una serie de proteínas capaces de modificar el comportamiento de la hembra. Al comerlo, disminuye su disposición a encuentros íntimos con otros machos, lo que garantiza la paternidad a quien primero le dio el obsequio.

Aparte de que se pierden el mejor trozo del asunto, hay que reconocer que esa manía de yo puedo hacerlo con todas pero ellas que no anden trasteando con otros después de mí, sí que está extendida, sí.