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3097. Lunes, 29 mayo, 2017

 
Capítulo Tresmilésimo nonagésimo séptimo: “El poder de la imaginación nos hace infinitos” (John Muir, 1838 – 1914; científico británico).

A mí me resulta imprescindible para algunas cosas, hacer la lista de la compra, por ejemplo, (lo que queda escrito en papel me parece más tangible y más concreto), pero reconozco que tal y como está el panorama queda nada para que el bolígrafo pase a estar en el limbo de las tecnologías vintage, junto al cassete, el fax o el yoyó. Ahora todo se escribe en una pantalla con los dedos.

Con los libros me pasa algo parecido. Por muy cómodo que sea usar el ibook, la experiencia de leer un libro en papel me parece más íntima, más gratificante. Debe ser una absurda manía de la niñez, comportamientos aprendidos que con el tiempo van desapareciendo y que las nuevas generaciones no tendrán. De la misma manera que los discos de vinilo me impresionan más que su versión digital, el libro físico me parece mucho más libro que el virtual. Señal de años a las espaldas, algo que nos pasa a muchos. Por eso ahora apenas sobreviven los libros de lujo, las ediciones limitadas, las editoriales centradas en el arte. Quizá porque siguen sirviendo como adorno o como regalo de cumpleaños. Para eso han quedado.

Lo sé, el papel es sucio, ocupa lugar y acumula polvo. Pero todos poseemos un trozo de papel que significa algo en nuestras vidas: una fotografía, un documento, una carta, un libro, un carnet. El papel sigue vinculándonos a nuestra historia. Por supuesto que todo eso puede estar contenido en un minúsculo pendrive... pero no se puede tocar. Y al menos para los de mi quinta es difícil desvincularse de lo intensas y gratificantes que son las experiencias palpables, todas las experiencias palpables.