. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

-   


  

3420. Lunes, 3 diciembre, 2018

 
Capítulo Tresmilésimo cuadringentésimo vigésimo: " La madurez es cuando tu mundo se abre y te das cuenta de que no eres el centro de él”. (MJ. Croan, 1948; escritor británico).

Con cincuenta años -y recién separada- se ha presentado a una oposición y ha conseguido sacarla. Me cuenta que al empezar a trabajar no han sido ni uno ni dos los comentarios de “!a saber cómo habrá logrado a esa edad sacar la plaza!”.

50 años es la mitad de la vida en el mundo occidental. Es decir, la plena juventud. Estamos tan acostumbrados a que los grandes amores, los grandes triunfos, los grandes objetivos ocurran en las primeras etapas de la vida que, cuando esa norma no se cumple, nos descoloca. La actual sociedad efebocrática, que rinde culto a la juventud de una manera obsesiva, no termina de aceptar que todo ha cambiado. Que 50 años de ahora no son nada, que la ciencia de hoy ha expandido la vida más allá de lo pensable hace un par de generaciones y, sobre todo, ha logrado mejorar la salud para disfrutarla largamente.

Lo que aún no parece haber conseguido esa ciencia es ensanchar los cerebros para esquivar absurdos prejuicios. Una redundancia de frase, porque todos los prejuicios son, evidentemente, absurdos.

O eso, o el que no se conforma es porque no quiere.