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3422. Miércoles, 05 diciembre, 2018

 
Capítulo Tresmilésimo cuadringentésimo vigésimo segundo: “La pasión paraliza el buen gusto". (Susan Sontag, 1933 - 2004; escritora estadounidense).

Las orejas con pelos, las figuras de Lladró, los peluquines, los ochenta (con sus cardados, hombreras y chupas color fosforito), los retretes de los bares chungos de carretera, los edificios con formas imposibles, las cintas de cassette, la cerveza caliente, los adictos desdentados de callejeros, las esculturas en las rotondas, ponerse de luto, las mujeres culturistas, los zuecos... la lista sería interminable. Porque en los últimos años el mundo ha dado tal cambio que apenas recordamos cosas que hasta ayer mismo eran de lo más normales y que, aunque algunas siguen existiendo, ahora nos resultan feas.

Pero feas, feas.

Y es verdad que la mayoría han desparecido por una cuestión de imagen, sin embargo, hay otras que lo han hecho obligadas por las nuevas tecnologías a pesar de que son, indiscutiblemente, un monumento estético que adornaría cualquier casa que se preciara de tener un mínimo de buen gusto.

Porque son las televisiones planas (y no, como dicen los resentidos, su fealdad) las únicas culpables de la desaparición de los muy sublimes pañitos de ganchito que acompañaban siempre a las de tubo. Vale que si las de ahora tuvieran espacio no se colocaría encima la foto de la jura de bandera del niño, pero ¿quién se iba a resistir a poner sobre el tapete una delicada (a la par que elegante) flamenca en traje de lunares?

Nadie con un mínimo de sensibilidad. Evidentemente.

Hasta el lunes.